Internet no es la respuesta

Los que me cononcen saben que vivo de internet desde 1994. Con esto no quiero ponerme en formato “viejuno”, si no simplemente dejar claro que estoy lejos del inmovilismo tecnológico.  Sí que es cierto que digamos que  he vivido la historia de internet en España desde casi el pitido inicial. Además soy de los que puedo decir que me dedico a lo que me gusta.

Os dejo algunas imagénes de aquella época… que tienen su gracia.


 

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Una de mis primeras página

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AKEBONO. El germen de  lo que después fue Yahoo.

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Internet no es la respuesta

Creo que hay que comenzar a poner las cosas en su sitio, pasar del enamoramiento al amor. Del fogonazo, de los fuegos artificiales que nos hace deslumbrarnos a la mirada más sosegada.

Internet ha traido, trae y traerá miles de beneficios pero no es la respuesta y al hilo de esta reflexión coloco este libro que me parece digno de tener en el radar

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https://www.amazon.es/Internet-No-Respuesta-Andrew-Keen/dp/8416673012

Son ya numerosos los libros que advierten contra los efectos negativos que puede tener el uso de Internet en el plano psicológico y en el de las relaciones humanas: narcisismo, pérdida de contactos personales, dispersión mental, deterioro del hábito de lectura… A Andrew Keen le preocupan los perjuicios socioeconómicos del “capitalismo digital”.

Según la promesa original, la red sin centro y sin propietario democratizaría la creación y el intercambio de conocimientos, y diseminaría la riqueza. Pero ese era el ideal de los fundadores, que tenían en mente la red científica y universitaria de los comienzos. La posterior Internet comercial, alega Keen, ha contribuido poderosamente a la desigualdad creando una plutocracia tecnológica servida por un proletariado con empleos inestables y mal pagados: el “precariado”, en expresión de Guy Standing.

Keen señala problemas realmente serios. Uno es la concentración de poder económico en cuasimonopolios, por la naturaleza del negocio mismo: en la explotación de los big data, el gran tamaño aumenta la rentabilidad, pues cuantos más usuarios tiene un servicio, más útil es. Otros derivan del modelo basado en contenido gratuito financiado por la publicidad. Los márgenes son muy pequeños, y solo la acumulación da beneficios. Así, YouTube puede ganar una enormidad mientras casi todos los autores aportan gratis o cobran unos derechos miserables. Se ha devaluado la creación en ámbitos como la música o el periodismo, y se ha fomentado la piratería. La “desintermediación” sustituye empleados fijos por amateurs que conducen coches de Uber o parados intermitentes a la espera de que les contraten para tareas ocasionales mediante aplicaciones de trabajo temporal como TaskRabbit.

Pero Keen no siempre apura los hechos. Cuando da números sobre destrucción de empleo, no suele precisar si la pérdida es neta, y en algunos casos se deduce que no lo es. Todas las innovaciones tecnológicas han eliminado puestos de trabajo al principio y luego han creado más; Keen no demuestra que esta vez no vaya a ser así. Exagera los efectos del capitalismo digital al pintarlo como si fuera toda la economía, como si ya no hubiera altos hornos o granjas de cerdos. Cuando habla de la “casta tecnológica adinerada”, que se jacta de rompedora y es el prototipo del establishment, no solo critica actitudes: también denigra a las personas.

Este es un libro escrito con la pasión de un manifiesto y el colorido de un reportaje, en que a veces la anécdota suplanta al argumento.

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