El Internet del yo

Desde hace años se habla de “el Internet de las cosas”, porque cada vez más las empresas de tecnología buscan conectar a la red los aparatos domésticos, para que funcionen de manera autónoma a nuestro servicio. Ahora, la tecnología va un paso más allá y, en vez de conectar nuestras cosas a Internet, pasa a conectarnos a nosotros mismos; es lo que se llama “el Internet del yo” (The Internet of me [1]), sobre el que escriben Andre Spicer y Carl Cederström en The Conversation.
Pongamos algunos ejemplos: desde hace tiempo conocemos aparatos que pueden controlar nuestras pulsaciones mientras hacemos deporte o nuestra actividad cerebral mientras dormimos. También hemos oído hablar de relojes inteligentes, desde los que podemos recibir y contestar nuestro correo electrónico. ¿Qué pasaría si ese mismo reloj hiciera estas dos funciones?, ¿podría avisarme de que necesito hacer deporte gracias al escaneo de mi cerebro?, ¿podría detectar que me gusta una canción, gracias a la resonancia de mi piel?, ¿podría controlar las funciones neurológicas o biológicas de mi mascota y mantenerme al tanto de las mismas? Parece ser que sí. Si la tecnología consigue descifrar la información biológica y cognitiva más íntima de los seres humanos, ¿podrá una máquina decirnos más sobre nosotros mismos, que nosotros mismos?
Tecnología que mide la perfección de la persona
Si estas premisas se cumplen deberíamos preocuparnos. No solo porque esos datos sean descifrados por una máquina, sino porque el acceso a ellos podría no ser de uso exclusivo del interesado: por ejemplo, los empresarios podrían llegar saber qué hacen en todo momento sus empleados o sus consumidores y descubrir mucha información confidencial sobre ellos.
Cada vez nos sorprenden más las recomendaciones publicitarias que nos llegan a través del correo electrónico o de redes sociales, porque la mayoría de las veces dan en el clavo con cosas que realmente nos interesan y que quizá no habíamos comentado con nadie. Si estas recomendaciones se basan sólo en patrones de consumo, el acierto podría ser mucho mayor si estuviera basado en nuestras motivaciones más íntimas, que parece que nuestro cerebro puede revelar.
Sin embargo, aunque la existencia de tanta información circulando por las bases de datos de las grandes corporaciones mundiales plantea muchos dilemas, quizá el gran problema no es tanto ese, sino cómo afecta esto al propio individuo; que cada vez condiciona más sus actuaciones a la información que le llega del exterior.
Por ejemplo, GymPact es una app en la que el usuario introduce el número de veces a la semana que tiene intención de ir al gimnasio. Si no cumple su propósito –el sistema puede saberlo a través de geolocalización– el usuario es penalizado con una multa de 5 dólares, que se reparte entre los otros usuarios de la aplicación que sí han cumplido con su plan. O Pavlok, la pulsera que te envía una pequeña descarga eléctrica cada vez que rompes con tus propósitos, como el de no morderte las uñas.
Todos estos recursos se presentan como una ayuda a las personas para romper con sus malos hábitos, “moldeando” su comportamiento para que sean mejores, más saludables, incluso más felices: “Si fumar te da cáncer, te ayudamos a no fumar, penalizándote”. De esta manera, poco a poco, se va dando a entender que el hecho de tener hábitos poco saludables le hace a uno ser peor persona. Es una forma de confundir el ser con el estar, una burbuja que no para de crecer, donde el bienestar se ha convertido en el imperativo moral por excelencia.
Quizá una pulsera te puede avisar de si cumples o no con régimen, pero ¿podrá llegar a medir si una persona es amable, agradecida, positiva… que es lo que de verdad nos hace ser moralmente mejores?
El selfie como paradigma de narcisismo
Son muchos los que han calificado “selfie” como palabra del año. Aunque algunos lo siguen considerando como el paradigma de la epidemia de narcisismo que nos rodea, según escribe Denyse O’Leary en MercatorNet.
Gracias al selfie no necesitamos a los demás ni para apretar el botón y hemos perdido la vergüenza de posar ante la cámara, aunque sea de la manera más forzada. Estamos ante un fenómeno que ha conseguido cambiar nuestros hábitos. El selfie, o más bien la moda de inmortalizar y compartir todos los momentos, ha hecho que estemos constantemente pendientes de nuestra apariencia física, hasta en los momentos de mayor intimidad. Y nos hace plantearnos cómo somos de cara a un público que no es cercano a nosotros , de cara a personas que nunca conoceremos y a las que, lógicamente, no les importamos, ni ellas a nosotros.
Según un estudio reciente publicado en la revista Personality and Individual Differences, los hombres que publican fotos de sí mismos tienen más probabilidades de ser narcisistas, impulsivos, y con algunas características antisociales. El sefie es una manera de mostrar al mundo, no la belleza de un lugar, sino que “yo estoy aquí”. Su efecto está tan extendido que hasta el todopoderoso Facebook tiembla ante el aplastante avance de Instagram [2]; porque los usuarios ya no quieren poner su estado, quieren mostrarlo con una foto.
Propósitos digitales para el nuevo año
Ante el papel cada vez más protagonista y, a la vez, necesario que la tecnología va cobrando en nuestras vidas, los expertos recomiendan utilizarla siempre de manera racional. Por eso, con motivo del comienzo del año son muchos los que añaden, a sus intenciones de cambio, algunas ideas que hacen referencia al cambio del comportamiento digital como usuarios. Estos son los de una joven periodista tecnológica Tamara Rajakariar en el blog Family Edge:
Usar los dispositivos electrónicos de uno en uno: se acabó el ver la tele y consultar Facebook a la vez. No hace falta ser tan codiciosa.
La vida continua sin… Desconectar las alertas de redes sociales y correo electrónico del Smartphone: ser yo quien decida consultarlos, cuando yo quiera.
Noche de paz: Dormir con el teléfono en “modo silencio”
Hora de energía: Trabajar con el móvil en “modo silencio” y consultarlo solo una vez cada hora, no cada cinco minutos.
Disponible sin conexión: No sacar el móvil del bolso cuando estoy con otras personas.
Comunicar con intención: Cuando cuelgo algo en mis redes sociales, que sean cosas con las que de verdad quiero decir algo, porque me gusta de verdad o me parece interesante.
Acentuar lo positivo: aprovechar las cosas buenas y oportunidades que nos ofrecen los medios sociales, por encima de sus vicios o peligros.


[1] “Internet of me’ ha sido uno de los principales temas del Salón Internacional CES 2015 (6-9 de enero, Las Vegas), la feria más importante del sector tecnológico mundial.
[2] En Estados Unidos, el 53% de los jóvenes de 18-29 años usan Instagram.

Deja un comentario