24/7: Capitalismo tardío y el fin del sueño

El original de este libro aclara en un subtítulo: “Capitalismo tardío y fin del Sueño”, donde por sueño se entiende el dormir y el soñar. Y la insólita tesis de este profesor de Historia del Arte Moderno es que, así lo explica en una entrevista, “nuestro sistema económico global actual depende de los mercados ‘24/7’ [abierto las 24 horas los 7 días de la semana] y la producción y consumo sin pausa. Esto es totalmente incompatible con la inactividad, la improductividad, el tiempo muerto del sueño, y eso genera un antagonismo continuo entre estas necesidades”.
En el libro escribe: “El punto clave de mi argumentación es que, en el contexto de nuestro propio presente, el sueño es capaz de representar la durabilidad de lo social y así asemejarse a otros umbrales en los que la sociedad podría defenderse o protegerse a sí misma”. Poder dormir para soñar un mundo distinto.
Cuando se avanza en la lectura se ve que Crary hace esta denuncia tanto en nombre del individuo como del comunitarismo, aunque se acentúa más un cierto tinte socialista. Así, los autores de cabecera son Sartre, Marx revisitado e incluso alguna tímida reivindicación de alguna cosa de Mao. Todo esto unido a una vena ecologista y a una defensa de la sobriedad, como cuando cita a Gary Snyder para decir “la verdadera riqueza está en no necesitar ninguna cosa”, ignorante quizá de que eso lo escribían los estoicos hace veintitantos siglos. Esto puede aplicarse al uso de internet, redes sociales, teléfono móvil, etc. Se engancha a todo eso quien quiere, porque permanece la libertad para un uso inteligente y no adictivo.
El libro tiene un estilo brillante, algo denso a veces, porque complica innecesariamente la explicación de algo que, en sí, es sencillo de decir: que el capitalismo nos quita el sueño, sea de esto lo que sea.
Más interesante, aunque Crary no acaba de verlo, es que ese tipo de capitalismo, por la uniformidad y la igualdad de respuestas que implica (por ejemplo, en los omnipresentes artilugios electrónicos “inteligentes”) es paradójicamente un colectivismo sustentado en un individualismo egoísta.
He echado en falta en el libro un desarrollo y una defensa del individualismo (tan presente en la tradición norteamericana) pero abierto a los otros y, a la vez, dedicado a la profundización personal y a la contemplación. Hay a veces algún atisbo de esto en observaciones como “cada año se gastan miles de millones en investigar cómo reducir el tiempo para tomar decisiones, cómo eliminar el tiempo inútil dedicado a la reflexión y a la contemplación”.
El libro termina con la expresión del deseo de que se nos permita soñar (en los dos sentidos del término: dormir y soñar) un mundo distinto. Para Crary, sin capitalismo. Aunque no lo dice explícitamente y, por eso, el libro no es apocalíptico, se entrevé que no tiene esperanza alguna de que esto suceda. Quizá porque las cosas nunca son tan sencillas como la bella prosa de Crary intenta hacernos ver.

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