Una moneda de ocho decimales

La célebre moneda digital ha vivido un “boom” en 2017 y ha atraído a muchos inversores, no siempre enterados de qué es exactamente el producto que han comprado, ni de sus riesgos. La dinámica pasa por apostar en grande por él, intentar sacarle la mayor rentabilidad a corto plazo y retirarse antes de que se desinfle.

Quédese con este dato: el 16 de diciembre de 2017, el bitcoin, la moneda digital de la que habla todo el mundo, tenía un valor de 19.499 dólares. Un año antes, el 20 de diciembre de 2016, equivalía a 793 dólares, por lo que, vista su espectacular subida, cualquiera se animaría a invertir en ella.

Ahora bien, antes de vender la casa para comprar bitcoins y ponerlos a acumular dinero, una pregunta: ¿qué es exactamente este invento? Lo de ser una criptomoneda, un medio de pago no convencional, no es explicación suficiente. De momento sirve para hacer transacciones, pero no cuenta con intermediarios –los bancos–, ni tampoco con una reserva que lo respalde.

“No hay nada”, explica Miguel Ángel Ariño, profesor del Departamento de Toma de Decisiones del IESE. “No es transformable por nada. Solo tiene valor mientras haya gente que te acepte cambiarlo por dinero real; mientras puedas comprar cosas y haya alguien que te lo admita como pago. El día que nadie lo acepte, no vale absolutamente nada. Hoy la gente los compra a 10.000 dólares pensando que dentro de un mes estarán a 15.000. Luego los venderán a quien se los compre a ese precio, y ese mes se ganarán 5.000 dólares”.

Un algoritmo complejo

Puede sonar tentador sacar miles de dólares del aire, pero los bitcoins –que no tienen un aspecto concreto ni son físicamente acumulables– no están exactamente ahí (sería más apropiado decir “en el éter”). Los crean miles de personas reales en sus ordenadores, a través de la resolución de complejos problemas matemáticos. Los “mineros”, como se les nombra, tienen la tarea de validar un conjunto de transacciones encriptadas e insertas en un bloque de datos.

El nivel de abstracción de todo esto puede parecernos chino mandarín a quienes utilizamos las matemáticas en la cotidianidad solo para operaciones sencillas. Eduardo M. –no es su nombre real–, un joven experto en temas financieros que ha invertido parte de su dinero en bitcoins, puede darnos algunas pistas.

“Cuando las transacciones se incluyen en un bloque, este debe ser validado. Ello se realiza mediante la resolución de un problema algorítmico-matemático con un ordenador, lo que implica un gasto energético. O sea, hay alguien que invierte recursos reales, sobre todo electricidad, para garantizar que el bloque se encuentre adecuadamente encriptado”.

Una moneda de ocho decimales

Una vez que el minero ha validado los miles de transacciones que contiene un bloque, lo inserta en una cadena de bloques, el blockchain, que es el otro concepto relevante. Algunos lo describen como una hoja de cálculo que está en la nube: todas las transacciones están registradas ahí, y todas las personas que se han adscrito al protocolo Bitcoin pueden acceder y verlas, lo que además de hacer prescindible al intermediario –el banco–, resta posibilidades al fraude.

En pago por el esfuerzo y el gasto de energía realizado, el minero es recompensado con una “calderilla”, con fracciones de bitcoin (la criptomoneda tiene ocho decimales), que se denominan satoshi, en honor al anónimo creador del sistema, alguien –o varias personas– que se oculta bajo el nombre de Satoshi Nakamoto, y que a finales de la pasada década estableció las reglas por las que funciona todo esto.

Por su parte, los usuarios de bitcoins guardan su moneda en wallets (monederos) digitales, que el sistema genera en cuanto alguien se adscribe al protocolo. Dicha wallet puede estar lo mismo en un dispositivo USB que en un ordenador. Pero también las casas de cambio tienen esas “billeteras virtuales” a disposición de los clientes.

Así lo explica Eduardo M.: “Para alojar tu dinero, las casas de cambio generan una wallet por cada criptomoneda. Tiene una clave pública, conocida por todo el mundo, y cualquier persona se puede dirigir a ella para enviar ese dinero. Y hay además una privada, que está en manos de la propia web, y a la que únicamente accede la persona que puede introducir su usuario en esa casa de cambio”.

Sin embargo, según dice, a muchos no les entusiasma tener su dinero allí: “Las casas de cambio son hackeables, así que los usuarios, una vez que compran el bitcoin, realizan una transacción y lo envían desde esa wallet a la que ellos tienen fuera de la casa de cambio”.

¿Pagar con bitcoins? ¿Para qué?

Según afirma Paul Vigna en el Wall Street Journal (7-12-2017), el modo más fácil de adquirir bitcoins es a través de las mencionadas casas de cambio online, que se encargan de poner en contacto a vendedores y compradores como en un mercado tradicional. Hay cientos de estas entidades, algunas con mayor nivel de regulación que otras.

Ahora bien, ¿qué compra o vende la gente: dinero virtual? Esa es la teoría original, pero a día de hoy, el bitcoin está dejando de ser “dinero” para convertirse en un depósito de valor, como el oro de los bancos centrales.

Por cada bloque de transacciones validado, los “mineros” reciben fracciones de bitcoin

“De ser un producto destinado únicamente a los sectores más nerd, vinculados a la informática, la programación, la ciberseguridad, se ha convertido en algo revolucionario –señala Eduardo M.–. Luego, las altas comisiones, la imposibilidad de aplicarlo a escala mundial, porque de momento no puede pasar más allá de las 3, 4 o 5 transacciones por segundo, y los problemas de centralización, porque los mineros terminan agrupándose en equipos y controlando el mercado; han hecho que de su origen a su realidad actual el bitcoin haya cambiado. Mucha gente lo ha adoptado más como depósito de valor que como medio de transacciones”.

Un factor adicional para comprar y atesorar puede ser su falta de estabilidad. A diferencia de una divisa corriente –que a menos que se trate del bolívar venezolano, no cambia su precio abruptamente de un día para otro–, la criptomoneda da saltos vertiginosos y su tendencia ha sido mayormente a la subida. ¿Para qué –se puede pensar– voy a pagar un coche con algo que, en sí mismo, acumula más y más valor conforme pasan los días, y que muy pronto me permitirá comprar toda una flota de vehículos?

 

Muy en relación con ello está el hecho de que el número de bitcoins es limitado. Según lo establecieron los creadores del protocolo, no se podrán “fabricar” más de 21 millones, y ya la cuenta va por más de 16 millones. Es entonces la pescadilla que se muerde la cola: el producto es finito, ergo, hay que intentar hacerse con él como sea. Muchos lo demandan, el precio sube, y otros más, al reparar en ello, se animan a apuntarse porque entienden que habrá rédito fácil.

Así lo resume el articulista Kevin Roose en el New York Times (12-12-2017): “¿Saben ustedes qué es más popular que los instrumentos monetarios estables? ¡Los casinos! A la gente le encanta jugar, y la espectacular subida del bitcoin, especialmente en la era de las redes sociales, que aceleran las tendencias y animan los comportamientos de moda, ha empujado a muchos especuladores, amantes de las emociones fuertes, a apostar en grande por esta moneda, con la esperanza de sacar una ganancia rápidamente y retirarse antes de que se estrelle”.

“Cuando despertó, sus bitcoins no estaban ahí”

Entre las bondades del sistema Bitcoin está, según sus usuarios, la falta de intermediarios y la transparencia: como todo se registra en el blockchain, no hay posibilidad de que alguien “meta la mano” sin que los demás se den cuenta.

La seguridad, entretanto, tiene una doble cara: al pretender proteger en extremo al propietario de una wallet, se da la situación de que si este pierde su clave privada, ya puede decirle adiós a sus “bit-ahorritos”, pues no habrá manera de recuperarlos. Y lo mismo puede pasar si un hacker logra llevarse el dinero virtual: una vez hecha la transacción, esta no puede echarse atrás. Queda sellada. Y ha sucedido más de una vez.

En el verano de 2016, por ejemplo, la plataforma de cambio virtual Bitfinex sufrió un ataque pirata que hizo evaporarse 120.000 bitcoins (unos 72 millones de dólares en ese momento). Como consecuencia, la Commodity Futures Trading Commission –la agencia federal estadounidense a cargo de regular las bolsas comerciales y el mercado de futuros– le impuso una multa por facilitar transacciones ilegales, mientras que la compañía se vio obligada a emitir unos bonos para los tenedores de bitcoins que habían sufrido pérdidas.

Otras casas de cambio que disponen de mayor regulación, como Coinbase, tampoco las tienen todas consigo. Según el New York Times (7-12-2017), la compañía –que en EE.UU. puede vincularse a la cuenta bancaria o la tarjeta de crédito de un usuario, y venderle bitcoins por dólares– no ha sido testada al mismo nivel que instituciones financieras de mayor alcance, y sus operaciones se han caído en momentos decisivos.

“Las estafas de suplantación de identidad son notorias –advierte por su parte el artículo de Vigna–. Las wallets de bitcoins son objetivo de los hackers lo mismo que cualquier otra cuenta online. Incluso bitcoiners muy experimentados se han despertado un día y han encontrado que toda su riqueza digital se había esfumado”.

“La inversión en el bitcoin –dice Eduardo M.– es probablemente la más arriesgada que puedas encontrar. Ahora bien, no hay ningún producto financiero en el mundo que ofrezca una rentabilidad ni remotamente parecida a la que ofrece esto. Sube a un ritmo del 8.000% anual, y la probabilidad de ganar muchísimo dinero, frente a la que ofrecen otros productos del mismo riesgo, es mayor. Entre meter dinero en bonos de entidades de crédito que tienen una malísima calificación y que me ofrecen un interés muy alto para financiarse, y meterlo aquí, escojo esto último, porque un bono a lo mejor me da un 8%, pero en el bitcoin la volatilidad diaria es del 20%”.

Los malos, al acecho

Además de las mencionadas más arriba, algunas otras críticas penden sobre la criptomoneda de moda; como que sirve para amparar ilegalidades. El pasado 16 de diciembre, por ejemplo, la policía danesa arrestó a una mujer por haber acordado, en la dark web (ese inframundo de Internet que escapa a los buscadores tradicionales), pagar en bitcoins el equivalente a 4.000 euros a una persona que asesinaría a su novio, policía italiano.

Las “wallets” o monederos de bitcoins son objetivo de los “hackers” lo mismo que cualquier otra cuenta “online”

Otro caso conocido es el de Silk Road, una web de la “Internet oscura” especializada en la venta de narcóticos –estos constituían el 70% de los productos ofertados–, que se pagaban, cómo no, con bitcoins. En 2013, una primera intervención de las fuerzas del orden puso tras las rejas a su fundador, el ingeniero texano Ross William Ulbricht. El sitio fue cerrado, pero surgió un Silk Road 2.0 que, al ser también clausurado, dio paso a un Silk Road 3 Reloaded.

Asimismo, recientemente se informaba sobre la probable extradición de Grecia a EE.UU. del cibercriminal ruso Aleksandr Vínnik, al que se acusa de facilitar el blanqueo de unos 4.000 millones de dólares a través de la casa de cambios virtual BTC-e, para la que solía trabajar.

Es lo que tiene el asunto: que al sistema Bitcoin no le interesa de dónde procede el dinero de las transacciones, por lo que los delincuentes pueden ver en él una tabla de salvación. Aunque Eduardo M. le ve algunas fisuras a esta tesis: “Será el uso que le demos a la criptomoneda lo que la convertirá en buena o mala, porque no es intrínsecamente mala. Bitcoin es un sistema de registro distribuido que pretende eliminar un intermediario, ahorrar en costes, agilizar el intercambio y descentralizar un servicio para hacerlo accesible a la gente. Si un tercero lo utiliza en la deep web, para pagar determinados productos y demás… Es verdad que tiene características que pueden favorecer esto último, pero también cosas favorables. Si queremos culpar al bitcoin por la acción de las mafias, me parece que estamos yendo contra el elemento equivocado”.

Vale apuntar, no obstante, que los usuarios de Bitcoin pueden respirar tranquilos en lo que concierne a la supervivencia de la criptomoneda a los arrestos y el cierre de sitios web problemáticos: aunque un gobierno vaya “contra el elemento equivocado”, los registros de la moneda están en cada uno de los miles de ordenadores que la gestionan, muy dispersos geográficamente. Habría que consensuar un cierre a nivel global, lo cual es bastante improbable.

Materia de especulación y apuestas

¿Consolidará su andadura el bitcoin en un mundo que ya ha asistido a varios sobresaltos financieros? La respuesta puede ser negativa si tomamos nota de la escasa disposición de los gobiernos nacionales –o de un bloque como la UE– a renunciar a sus divisas y a las maniobras que pueden efectuar con ellas en función del crecimiento económico.

Sin embargo, a los no entendidos en la materia puede parecerles que sí, a tenor de la incursión en este tema de algunas instituciones reconocidas. El pasado 11 de diciembre, en el Chicago Board Options Exchange –uno de los mayores mercados de productos financieros en EE.UU.–, comenzaron a cotizarse los contratos de futuro de la criptomoneda. La demanda fue tal, que la red se cayó en varios momentos. Al abrir, los contratos con vencimiento en enero estaban en 15.460 dólares, y horas después habían alcanzado los 16.000.

Conviene explicar que los contratos de futuro son, en cuanto al bitcoin, una suerte de apuestas. El profesor Ariño lo ilustra con un activo como el petróleo: dos partes acuerdan la compraventa de crudo dentro de cuatro meses a un precio de 200 dólares por barril. Si llegada la fecha de vencimiento del contrato el hidrocarburo tiene un precio en el mercado de 130 dólares, el comprador paga 70 dólares al vendedor, la diferencia entre el precio acordado y el precio real.

“Pasa lo mismo con el bitcoin. Los mercados de futuro hacen contratos sobre él, del mismo modo que sobre cuándo va a llover o qué temperatura hará, algo que les puede interesar a los agricultores. Los que formulan los contratos del bitcoin no tocan para nada la criptomoneda. Es como si redactamos un contrato sobre el número de goles que va a meter el Barcelona en la Liga: yo digo que 100, y por cada uno más que haga, te pago 1.000 euros, mientras que por cada gol de menos, me pagas tú a mí. Es pura apuesta. Nada tangible”.

“Invierta solo lo que está dispuesto a perder”

Para el profesor del IESE, la dinámica que rodea al bitcoin solo puede tener un final: el estallido de la burbuja, como ha pasado en tiempos no tan lejanos con la burbuja tecnológica, la inmobiliaria, etc.

“Para la gente, la sensación es que entra mucho dinero sin ton ni son, pero no entienden realmente qué están comprando”

Más optimista se muestra, en cambio, Eduardo M. Para él, la idea de los sistemas descentralizados coge fuerza y ha llegado para quedarse, sean o no las criptomonedas las que lleven adelante este proyecto. La tecnología en que se sustenta el bitcoin tiene aplicación en diferentes sectores, y “especialmente interesante parece el campo de la Internet de las cosas por la posibilidad de que el mundo por venir esté totalmente sensorizado y de que las máquinas sean las que produzcan intercambios de información y transacciones entre ellas a través de un sistema instantáneo, sin comisiones y seguro”.

Mientras eso llega –y por su experiencia–, aconseja invertir en bitcoins únicamente el dinero que uno asuma que puede perder, “o que va a perder casi seguro”. Este, dice, “es un mercado con tendencias absolutamente anárquicas. Para la gente, la sensación es que entra mucho dinero sin ton ni son, pero no entienden realmente qué están comprando. Hay una barrera tecnológica muy fuerte para que todo el mundo lo comprenda. Yo sé qué es el bitcoin, el blockchain, qué problemas tiene, etc., pero la gran mayoría no sabe absolutamente nada de esto. Se meten aquí porque creen que sube. En el momento en que la curva cambie, probablemente bajará tan rápido como ha subido y se producirá el pánico”.

Retrocedamos entonces al 16 de diciembre, cuando –como decíamos– un bitcoin valía 19.499 dólares. En el momento en que este artículo se publica (8 de enero), ha caído a 16.651 dólares, y ahora mismo, en el instante en que Ud. lee, puede cliquear aquí y revisar.

Hágalo y reflexione sobre si valió –o hubiera valido la pena– meter su dinero ahí.

Un enorme desperdicio de electricidad

La fabricación de esa abstracción que es el bitcoin se traga una ingente cantidad de energía. Visa, por ejemplo, consume tanta electricidad como 50.000 hogares de EE.UU., pero la criptomoneda devora tanta como 3,5 millones, a saber, 35 teravatios-hora (TWh) al año. Según Digiconomist, si Bitcoin fuera un país, gastaría más electricidad que Bulgaria (34,9 TWh) o Dinamarca (33 TWh).

Y puede ir a más: “Hay muchísimo margen –señala la web– para que ese número (35 TWh) se incremente unas cinco o diez veces, pues los beneficios actuales podrían sostenerlo. Tal aumento pondría a Bitcoin entre Polonia (154 TWh) y Reino Unido (331 TWh). Le tomará algún tiempo llegar a ese punto, pero dado que el sistema ha triplicado su consumo de energía este año [2017], ello podría ocurrir dentro de dos años”.

A los mineros no les sale gratis la electricidad, pero se las arreglan para abaratar costos. The Economist refiere que algunos han instalado sus ordenadores dentro de coches eléctricos Tesla, para utilizar la energía gratis o más económica de las estaciones de recarga. No es casualidad además que buena parte del minado de bitcoins se realice en zonas de China donde la corriente no es especialmente cara.

1 Comment

Deja un comentario