El lenguaje humano

It's only fair to share...Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInEmail this to someone
Pin on Pinterest

Cuando Hellen Keller descubrió de qué se trataba el lenguaje humano… Un momento. ¿Todo el mundo sabe de qué estoy hablando, todos conocen la historia?

Paréntesis – puesta en tema. El 3 de marzo, se cumplirán 129 años desde el día que Anne Sullivan llegó a casa de los Keller, en Alabama, para tratar de sacar a Helen de su tremendo aislamento. La niña, de seis años, era ciega y sorda desde bebé (19 meses), y su vida era poco más o menos la de un animalito. En su rol de maestra (y a tientas, sin muchos precedentes), Anne Sullivan pasó semanas tratando de entablar una comunicación, pero sólo logró al principio inculcarle un poco de disciplina (los padres, comprensiblemente, la malcriaban).

En aquel entonces, el medio de comunicación que se usaba con ciegos y sordos era escribir las letras en la palma de la mano. Pero, claro, eso sólo funcionaba con gente que había perdido sus facultades de adulto. Helen aprendió, sí, a repetir algunas palabras que la maestra delehelentreaba en su mano (DOLL = muñeca, fue la primera), y hasta a hacer algunas asociaciones de esas “palabras” con cosas. Pero al modo que un perro asocia el ruido de las llaves al abrir la puerta, o como un loro aprende a hablar, sin captar en absoluto la esencia del asunto.

No era sólo que no supiera leer y escribir, era algo más elemental y profundo: no imaginaba lo que era el lenguaje, no concebía la intención de su maestra al hacerle repetir esos signos. Era además impaciente, irritable y violenta. Sin embargo, también se veía que tenía inteligencia, y hasta cierto punto sabía comunicarse: una vez le regalaron una muñeca de trapo improvisada, y al notar que no tenía ojos, se quejó con los gestos naturales, llevándose los dedos a sus ojos, y hasta buscó unos botones y reclamó con gestos que se los cosieran. Y, a pesar de todo, parece que entre esa comunicación y la verdadera comunicación humana, la que se vale del lenguaje no importa el idioma, ni la forma de expresión (oral, escrita o lo que fuera)… había un muro enorme que los padres ya desesperaban de poder franquear.

La historia fue contada muchas veces (por Castellani, entre otros), y hay varias obras de teatro y películas. “The miracle worker” de 1962 es la más conocida, creo;  hay una remake, no mala, del 2000. Ambas tienen el mérito (heredado del guión teatral) de no machacar con los logros adultos de Helen, culminan en lo que es el auténtico clímax: cuando ella, repentinamente, ante la enésima repetición de una palabra deletreada (WATER) bajo la bomba de agua… cae. La comprensión no fue gradual, fue más bien como un salto, como si alguien hubiera encendido la luz en una habitación a oscuras. ¡Cada cosa tiene un nombre! Podemos comunicarnos, usando estos nombres; ¡y esto es lo que mi maestra quiere enseñarme!… Enseguida empezó a preguntar los nombres de las cosas, y en ese solo día aprendió varias palabras. Con ello también adquirió una gran alegría y aprecio por su maestra, y se volvió docil, cariñosa, feliz. El resto fue fácil… relativamente.

En fin, el episodio es célebre, y con razón – aun descontando las inevitables estilizaciones y sentimentalismos, es emocionante y muy sugerente.  Lo que a mí me sugiere ahora (pero, ya saben, yo vengo descarriándome, cuesta abajo en mi rodada humanista) es… digamos… una pequeña vindicación de lo convencional. Precisamente en lo que la convención humana tiene de creativo e intencional

 

It's only fair to share...Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInEmail this to someone
Pin on Pinterest