Cómo desintoxicarse digitalmente

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Sacudir ininterrumpidamente el cuerpo en una sesión de meditación oriental al ritmo de una melodía “New Age”, o irse por unos días a un monasterio galés y abrazar las apacibles actividades diarias de los monjes cistercienses, son algunos de los paquetes por los que pueden optar los usuarios compulsivos de móviles, tabletas u ordenadores, conectados a Internet a toda hora del día, deseosos de una “desintoxicación digital”.

En un artículo en The Wall Street Journal, el periodista Javier Espinoza detalla varias iniciativas, algunas bastante curiosas, como la del taller London Meditation, con una duración de cinco horas, en el que por 95 libras esterlinas el “intoxicado” sacude el cuerpo por períodos de 10 minutos para que la tensión y la incomodidad “salgan” de él.

“La mente te dice que esto no es meditación —dice Susan Herrmann, una ex banquera, fundadora del programa—; pero sacude tus pensamientos, déjalos atrás, y siente”.

Otro paquete, el Unplugged Weekend, implementado por dos empresarias británicas a su regreso de un retiro en el Sahara, invita a tres días de retiro en la campiña inglesa, en los que los participantes cambian sus smartphones por actividades como la conversación personal, las manualidades artísticas y los ejercicios físicos, mientras son convidados a salirse de sitios web en los que se han inscrito y a silenciar las notificaciones para evitar la distracción.

Niall Campbell, experto en adicciones en el Priory Hospital, de Londres, explica que las personas afectadas no suelen reconocer el efecto de su comportamiento en ellas y en su entorno. Como el acceso a la tecnología se ha vuelto tan fácil, la adicción a esta se vuelve más difícil de identificar. Como solución, su centro de tratamiento ofrece un programa de rehabilitación de 10 sesiones, a un precio de 1.500 libras.

No obstante, quienes no gusten del ambiente “demasiado severo” de una institución hospitalaria, tienen a la mano alejarse “del mundanal ruido” refugiándose en la casa de huéspedes de la Abadía Caldey, en Gales, donde, en una versión más profana del “ora et labora”, los visitantes son convocados a trabajar, a ayudar en la limpieza del centro y a ordenar sus habitaciones. El pago por la estancia es, como suele decirse, “la voluntad”.

En Asís, entretanto, la “voluntad” tiene el precio de 635 euros, por los que se ofrecen alojamiento y un retiro guiado, con meditaciones matinales y nocturnas. En la localidad italiana, pletórica de rincones que recuerdan a San Francisco, los participantes tienen oportunidad de sumergirse en un ambiente alejado de la “imperiosa” necesidad de estar conectado a toda hora.

Desde la ironía, aunque con mucho de irrebatible verdad, Espinoza “diagnostica” a los principales adictos, y les da “remedio” a su mal. Así, a los que sienten una irrefrenable tentación de compartir lo primero que les viene a la mente —“¡mi perro ha ladrado!”— les aconseja abandonar del todo los dispositivos móviles y no volver a tocarlos hasta que encuentren la ayuda médica pertinente.

A otro caso, el que da “me gusta” a todo lo que los demás publican, le aconseja separar un dólar cada vez que pulse esa opción, y al final de la semana, darlo todo a la persona que menos “likes” ha recibido. Una variante parecida a la del que se siente impulsado a comentarlo todo, todo el tiempo: “La próxima vez que sientas que tienes que comentar un post, pínchate, pero duramente”.

En cuanto al “refrescador”, el que en constante estado de expectación no puede dejar de chequear frecuentemente sus bandejas de entrada, le pide que se detenga, “in the name of love”, antes de que rompa el móvil. “Mejor apágalo”, le aconseja sencillamente.

Espinoza ofrece también información sobre varias aplicaciones que han surgido para que uno pueda autodiagnosticar su posible adicción.

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